-¡De pié! Llego el momento- Con esta frase inició su recorrido Abel. Caminó erguido, como siempre lo había hecho, con la frente en alto. La forma de su cuerpo reflejaba la figura de un atleta, incluso superando indiscutiblemente a sus captores. Parecía llenar el pasillo con su grandeza física, pero aun le quedaba más chico frente a su dignidad. Fueron segundo infinitos en los que las paredes de aquel tétrico túnel de presidio, le mostraban las escenas de su vida.
Todo se movía en cámara lenta. Se vio a sí mismo jugando futbol con su papá y su hermano mayor. Recordó a Luis y a Samanta, sus primeros amigos en la escuela. Vio también a sus abuelos abrazándolo. Apareció Jessy, su primera novia, sintió los cosquillosos abrazos y besos que compartieron a escondidas. Sonrió al recordarse frente al espejo de su baño con el cuerpo flaco de adolescente deforme. La escena le parecía tan real, que podía palparse los huesos.
Cada paso le hacía sentir su cuerpo más pesado y al mismo tiempo que sus extremidades se convertían en acero, su mente se transformaba en incienso. Una nube colorida inició a flotar lentamente alrededor. Fue creciendo poco a poco hasta tornarse tan densa que lo envolvió totalmente. Las imágenes de su vida continuaron apareciendo cada vez más intensas y cercanas, que olió las magnánimas rosas amarillas que le dio a Mariana al proponerle matrimonio.
Agradeció al ver el rostro del anciano con la sonrisa más bella del mundo, de quien no sabía el nombre, pero de quien aprendió que para sonreír no necesitaba ni dientes blancos ni ortodoncia. Derramó una gruesa lágrima al sostener por primera vez a Tita, su hija, indefensa y tierna. Así aparecieron atardeceres, abrazos, arco iris, el mar, sueños, la luna, sonrisas, ojos brillantes, caricias fugases, besos, juegos, sorpresas, amores, y muchos otros de los recuerdos de la vida.
No sintió en qué momento llegó al lugar del suplicio. Para cuando la nube se disipó, todo estaba dispuesto para su muerte. Vio a Mariana y a Tita, les sonrió y un suspiro inició su recorrido desde lo más recóndito de su ser. Mientras avanzaba, sintió como entregaba la película de su vida suave y delicadamente. Le recorría como un abrazo que consoló sus lágrimas de infante herido, hasta derramar la última gota de aliento que experimentó con amorosa aceptación total.
