“El cronista que hace la relación de
los acontecimientos sin distinguir entre los grandes y los pequeños responde
con ello a la verdad de que nada de lo que tuvo lugar alguna vez debe darse por
perdido para la historia. Aunque, por supuesto, sólo a la humanidad redimida le
concierne enteramente su pasado. Lo que quiere decir: sólo a la humanidad
redimida se le ha vuelto citable su pasado en cada uno de sus momentos”
(Walter Benjamin)
“Es el momento de abrirnos a recibir de ellos [África, Latinoamérica y Asía], lo que ellos han sabido todavía conservar de su humanidad y de la
profundidad de sus culturas y tradiciones”
(Adolfo
Nicolás)
“En 1492, los nativos descubrieron que eran indios,
descubrieron que vivían en América, descubrieron que estaban desnudos,
descubrieron que existía el pecado, descubrieron que debían obediencia a un rey
y a una reina de otro mundo y a un dios de otro cielo, y que ese dios había
inventado la culpa y el vestido y había mandado que fuera quemado vivo quien
adorara al sol y a la luna y a la tierra y a la lluvia que la moja.”
(Eduardo Galeano)
Soñador
de plata
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| Erick Barrondo. Primer medallista olímpico para Guatemala |
Te sientes despertar de un sueño insondable,
es como una campana que, resonando, te sacude invitándote a ponerte de pie.
Pero no es el sonido del Big Ben, quien te recuerda que bajo su paisaje fuiste
el hombre que levantó a un pueblo entero, sino el retumbo de la unión
agradecida de un pueblo. Tu triunfo no es de un país, no es tuyo tampoco, ganó
un pueblo entero representado en las gotas de sudor y en la energía que
impulsaba cada uno de tus pasos.
El cuatro de agosto iniciaste una
historia distinta para tu país, lo creías y lo luchaste así. Bajo la mirada de
todo el mundo manifestaste tu fe poniéndote de rodillas y pediste a Dios que
hiciera de lo sencillo algo grande. El continente bajo tus pies se extrañó por
ver a alguien inclinarse y hablar con un Ser superior, que para ellos ha pasado
de moda. Esa fue la primera de tus batallas ganadas: enorgullecerte de tus
raíces, de la fe de tu familia y de tu pueblo. La paz interior que ha
acompañado a todas las generaciones que precedieron tu vida, te hacen sonreír y
sentirte en casa. Inicias la carrera.
Te concentras para no cometer ningún
error, pero, sin esfuerzo, recuerdas los caminos hacia la escuela, los
kilómetros corridos para llegar a sentarte y aprender. Tu sueño, que era el mismo
de tus papás, era estudiar, hacer que tu familia y tu pueblo –que para ti son los mismos– pudieran tener un amanecer en paz
y justicia.
Ves que alrededor compiten muy cerca de
ti: tres rusos, dos australianos y tu compatriota y compañero de equipo, Daniel;
todos con el deseo de ganar. Imaginas la inmensidad del mundo, sientes a los
cincuenta competidores de esa contienda y a sus pueblos enteros ilusionados por
un triunfo, pero ¿sentirán ellos la necesidad que nace de tu interior? Rememoras
cuando cruzaste la meta obteniendo la primera
medalla olímpica para tu país. De nuevo sientes la alegría que enardece tus
músculos y te inspira a continuar.
El reloj conquista el tiempo y tú, caminas
uno, dos, cinco, quince, veinticinco kilómetros. El sol avanza en su descenso y
con él parte de tu fortaleza. Se acerca un juez que le presenta una tarjeta
roja a tu amigo Daniel y él llora desconsolado por la descalificación. Lo dejas
atrás con gran dolor y con esa sensación que aprieta tus entrañas, dando
malestar, náuseas y hasta asco, piensas en la injusticia y los recuerdos
regresan a tu mente.
Sueñas con
los ojos abiertos, sin perder de vista el camino que conduce a la meta. Te ves alejándote
de casa y estudios para migrar a la capital; lo dejas todo por buscar trabajo,
y con ello, una oportunidad para tu familia. Así, sin buscarlo, iniciaste la
carrera de atleta, y mientras pasaba el tiempo adquirías las habilidades
adecuadas para el deporte y también tu mente obtenía un nuevo conocimiento, una
nueva razón. Comprendiste que lo que siempre habías hecho, aquello que tus
padres te enseñaron y que siempre has visto en tu pueblo, tiene un significado
que, para ti, se convierte en un “nosotros”: Todos corremos, estudiamos,
jugamos, trabajamos y sonreímos por todos.
Levantas la
mirada y ves que el cronómetro marca tres horas de competencia, y te das cuenta
que son ya cuarenta los kilómetros recorridos. Lanzas un poco de agua a tu
rostro sudado para refrescarlo y sacar lo mejor de ti en el tramo restante.
Escuchas las ovaciones del público que sigue gritando y animando a los
corredores. Ves a un lado de la pista algunas banderas de Guatemala que te
recuerdan tu objetivo: redimir al pueblo oprimido por más de quinientos años. Quieres
renovar la esperanza, hacer algo que despierte el espíritu del nosotros.
El grupo se
ha reducido, vas persiguiendo al líder de la competencia y alguien te sigue.
Quieres la libertad, pagar la deuda de un pueblo oprimido y decir que se acaba
el dolor, ya no más sufrimiento, sólo unidad. Mientas sueñas con la victoria, observas
que se aproxima un juez con una tarjeta roja. Lanzas un suspiro infinito y por
un segundo piensas: “no, por favor”. En ese instante te detienes y lloras, ¿por
qué no llorar? Lo único que sientes es desilusión, ganas de gritar “injusticia”,
piensas que es tu culpa por marcar un precedente en la competencia anterior. Te
acusas a ti mismo por arruinar la oportunidad de tus amigos atletas, porque
crees que los jueces los perseguirán y evitarán que ganen. Sientes la opresión
de más de quinientos años sobre tus hombros y sigues llorando. Sin embargo,
levantando la mirada y buscando a tu
entrenador recuerdas lo más valioso, aquello que te condujo hasta aquel lugar.
Sonríes entre lágrimas porque sabes que el nosotros
no se acaba, que se han descubierto muchas cosas, pero algunas no han sido
descubiertas, porque son eternas, sobrepasan aún el entendimiento humano.
Te acercas a tu entrenador
que en nombre de Guatemala dice: gracias, Erick.
Tú dices: gracias, Dios.
Y por qué
no pensar que Dios dice: gracias amigo, tu ejemplo
servirá para abrir los sentidos y para que tu tierra libere presión por medio
del terremoto que sacuda al distraído, que despierte al dormido y que impulse
al luchador.
Así abres los ojos y te
das cuenta que el sueño apenas empieza.


