Durante mi niñez tuve una imagen de Dios muy agradable, protector,
cariñoso y, sobre todo, un Padre que me llevaba de la mano y me dirigía. Sin mayores esfuerzos, creí que para vivir
feliz tenía que “dejarme llevar” por Él. Sólo eso, nada más.
Al llegar a la juventud, me sorprendió descubrir que había decisiones
de las que no podía escapar; que no se trataba de elegir entre algo feo o algo
bonito, sino entre muchas buenas opciones, y que la elección dependía sólo de
mí. Qué estudiar, decirle a alguien que me gustaba, o simplemente como ocupar
mi tiempo libre. Me di cuenta que el presente de mi vida dependía de las posiciones
que adoptara. ¿Dios interviene en mi vida? Entendí que el amor de Dios me
regaló libertad y que esta vida, era una gracia de su parte y, sin embargo, estaba
en mis manos.
Finalmente ingresé a la Compañía de Jesús (aún joven) y me
incomodaba escuchar a algunos jesuitas expresarse diciendo algo más o menos así:
“Lo nuestro es el discernimiento y nuestra tarea no es tomar decisiones una
tras otra, sino sólo dejarnos llevar por Dios”. Me disgustaba escuchar esa
expresión y la pasividad que en ocasiones veía. Pero llego el momento de
comprender algo más. Al escuchar una oración del P. Arrupe, en la que dice que
la Compañía va hacia donde Dios la lleva, comprendí el sentido que tiene el “dejarse
llevar”. Porque esto no significa dejarse mover por las aguas del mundo, con
una inmovilidad perezosa, sino que implica la confianza plena de que es Cristo quien
dirige la barca. Pero no la gobierna ignorando mi libertad, sino que muestra la
senda, con sus muchas ramificaciones, que conduce hacia la felicidad. El discernimiento
es descubrir cómo puedo seguir el camino de mi vida y cruzarlo con la senda
marcada por Jesús. Esto además tiene el supuesto que deseamos vivir de acuerdo
al proyecto del Dios de Jesús.
Ese es el discernimiento que nos hace libres
para dejarnos llevar, estar cerca de Jesús y dispuestos a seguirlo a las betanias,
a las ciudades y a los calvarios que sean necesarios para poder llegar al único
puerto seguro y de felicidad plena: el Reino de Dios. Un Dios que se mueve
hasta llegar a la tierra de su pueblo para mostrarle el camino, no puede
pedirnos la inmovilidad, por ello estoy convencido (hasta el día de hoy) que la
invitación de Jesús a SEGUIRLO, tiene un sentido participativo y al mismo
tiempo es una invitación a “Dejarse llevar”..jpg)
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