sábado, 17 de septiembre de 2011

El Bigote

Cuando tenía ocho años, mis padres decidieron que visitaríamos a los abuelos Vicenta y Jacinto a quienes hasta entonces yo no conocía. El anuncio fue una noche antes del viaje y lo acompaño una historia que decía algo así:
Cuando tu abuela era joven, era muy hermosa. Todos los muchachos la buscaban, la pretendían  y ella disfrutaba mucho de los regalos y atenciones que le brindaban. Un día doña Tina, una señora del pueblo, se llenó de celos al ver cómo la jovencita llamaba la atención de todos los jóvenes y le hizo un hechizo. El conjuro pronunciado decía que en el momento que se casara, se convertiría en la mujer más fea del pueblo. Paso el tiempo y al llegar el día de la boda con tu abuelo, la brujería tuvo efecto y toda la maravillosa belleza que hasta ese día había tenido se escondió. Desde entonces ha sido la burla de muchos en el pueblo y ha sufrido mucho a causa de su fealdad.
Entendí muy bien la historia, mis padres esperaban que no me asombrara por la fealdad de la abuela. Inclusive en ese momento agradecí la delicadeza de crear una historia para que aprendiera la importancia de tener una actitud de cariño, y no de miedo, frente a la ya bastante dañada abuela. Durante el viaje recalcaron un par de veces que fuera prudente, que no me asustara y mucho menos que me burlara. Yo pensaba que para mí, como para todos los niños de mi tiempo, que paso los días viendo monstruos por televisión, no sería una impresión de escalofríos.
Al llegar a la casa y llamar a la puerta nos abrieron y escuché la voz que nos decía: “Bienvenidos, ya los esperábamos”. Mi mirada se enfocó en el rostro de quien nos abrió la puerta. Parecía un buen hombre, tenía la mirada tierna en unos ojos claros como miel; tenía el típico bigote grueso y espeso de los hombres del oriente del país. Además la piel blanca y arrugada le daba la sensación de suavidad.
Con la intención de dar a conocer mi buen deseo de manifestarme cariñoso, me acerqué corriendo, lo abracé de la cintura y le dije: “Buenos días abuelo Jacinto”. Mientras lo abrazaba, miraba de reojo a mis papás que me observaban sorprendidos y silenciosos. Sentí entonces que el áspero bigote raspaba mi mejilla y me causaba cosquillas, mientras me plantaba un beso. Justo cuando descubrí la ropa que vestía el “abuelo” y empezaba a preguntarme por qué utilizaba un largo vestido azul marino, escuché el regaño de papá: “¡Te dije que nada de bromas!”.
Y entonces el susto más grande que recibí en mi infancia tomó forma y me dijo: Soy tu abuela Vicenta.

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