jueves, 16 de mayo de 2013

El ascenso - Javier González Serrano



“Cuando todo está perdido, todo es posible”
Emmanuel Levinas

Tras la pérdida total de sus bienes materiales y de lo que parecía la vida perfecta, Julián Almendares se pone al frente de su familia y los levanta del precipicio al que habían caído. Siendo un chaval de menos de catorce años de edad, se convierte en el héroe de la historia. A base de coraje, esfuerzo, valentía y verdadera convicción, alcanza su libertad como hombre y la de su desintegrada familia. Una historia carga de aventura, sorpresa y sobre todo de crecimiento es la oferta que Javier González Serrano entrega en su primera novela El ascenso. Al presentar a Julián en su proceso de desarrollo describe los cambios físicos y psicológicos del inteligente muchacho predestinado a ser la ruina de todo un imperio.

En una arriesgada presentación de la realidad centroamericana, El ascenso se sumerge en el doloroso azote que significa el narcotráfico. Todo lector de la región podrá sentirse identificado con la realidad de violencia y miedo colectivo que presenta esta novela social. Si bien la originalidad de la obra no está en que se presente la realidad actual de una región, si se encuentra en la cruda y descriptiva forma de hacer visible los contrastes entre los ciudadanos comunes y aquellos seres que llegan a endiosarse aduciendo poder infinito sobre gobiernos, territorios y vidas. Es un acercamiento al mundo tan conocido, y desconocido a la vez, de los capos y los grandes carteles de la droga. El límite entre ser parte del negocio y estar en contra se encuentra marcado por una diminuta línea fronteriza casi invisible. Pero división inviolable, una vez cruzada la línea no tiene regreso. La única garantía que vale, es la propia vida, de la cual ya no se es dueño pues todo pertenece al emperador del narcotráfico. Ya sea por el gusto de una buena vida sin mayores esfuerzos o por la necesidad de luchar por la supervivencia, los personajes representados se mueven en este límite y muestran lo sencillo que resulta dejarse atrapar en la redes del narcotráfico.

Javier González hace uso de la tercera persona para ser el omnisciente narrador y además permite que por medio de una serie de notas de diarios y transcripciones de reportajes periodísticos, el lector se adentre en la angustia y aflicción de la ciudad de Zontoles. Notas que pueden perfectamente compararse con publicaciones de rotativos del norte de Centroamérica o México. Noticias que se han convertido en el pan nuestro de cada día y que una vez leídas no dejan más que un inquietante sabor a injusticia, a miedo y a desesperanza. Gobiernos enteros, desmoralizados en su impotencia frente a los dueños y controladores del país. Pueblos, barrios y ciudades llenos de peones de ajedrez listos para lanzar su ataque hacía cualquier lugar y acabar con todo obstáculo en su juego para inmortalizar a su rey. "Plata para los amigos, plomo para los enemigos y palo para los indiferentes" esta es la filosofía de los sicarios y de los grandes dueños de los narco-negocios. Todos tienen parte en esta nueva división social y nadie se escapa de su premio o castigo.

Esta original novela publicada en enero de este año, no puede apartarse del sentimiento por excelencia, el amor, y el antagónico odio. El dolor causado por muertes de familiares y amigos inocentes enardece en odio a quienes, orgullosos de su limpia conciencia, deciden emprender comunitariamente la destrucción del maligno poderío de El Hombre. El más poderoso y buscado narcotraficante del mundo. Una lucha contra el más poderoso hombre de la tierra. Una empresa que pocos se atreverían a enfrentar, pero que un grupo de hombres y mujeres unidos por amor a la libertad y el odio al Hombre, asume con destreza y coraje.

Sin ser novel escritor, Javier González capta la atención del lector con un muy bien logrado lenguaje sencillo y campechano, atrayendo mentes aventureras. Sobre todo mentes que siguen esperando una posible solución a la problemática de violencia. Al mismo tiempo transmite sentencias de gran profundidad, convertidas en frases de una sabiduría un tanto popular y asequible a todo público. Con un relato cronológico y con algunas retrospecciones aclaratorias el autor conduce de un hilo continuo toda la historia, envuelve a su público y le regala un entretenido relato. Como cronista de su tiempo sabe enmarcar las situaciones de tal manera que no se escape detalle alguno. Diez capítulos son suficientes para desarrollar toda la trama y llegar a conocer detalles importantes de los personajes de quienes, sin menospreciar el buen trabajo descriptivo, a mi parecer se podría escudriñar más en su psicología. Por ejemplo un psicoanálisis del Hombre, y dejando a un lado los personajes típicos como el Chacal, se amarraría una mejor profundidad.

Empezando por el abismal vacío, frustración y decepción de Rosa, la madre de Julián, que postrada se convierte en la “viva imagen de la desesperación irreversible”, el valeroso adolescente asciende rápidamente por un camino empinado. Con todas las probabilidades en su contra, logra dar a la ciudad de Zontoles la “limpieza y purificación” que durante varios años buscó. Una travesía en contra del poder, la fuerza y la salvaje ley natural de la supervivencia del más fuerte. Un camino que sonríe, pero sólo para Julián y que llena de impaciencia el corazón del lector, haciéndolo desear más aventuras y soluciones. Una novela, en fin, llena de contrastes y realidad que permite soñar con la posibilidad de lo “inalcanzable”.

Mística intelectual



Mística intelectual es la mejor forma de concentrar en dos palabras el libro El trabajo intelectual de Jean Guitton. Este texto es una recopilación de consejos para mejorar en el desarrollo y puesta en práctica del pensamiento. Fue escrito originalmente en francés bajo el título Le travail intellectuel. Para el año 2005 Francisco Javier de Fuentes presenta la traducción española. Tomando como base esa versión se expondrá esta útil obra.
Hablar de personajes como Jean Guitton con un gran peso curricular, puede parecer cansado. Hacer un listado de bibliografía publicada, de su amplísima experiencia como docente y de su participación en importantes eventos de para la religión católica, podría llenar varias páginas de datos que finalmente dirían poco, de lo mucho que este personaje hizo. Sin embargo, compartiré algunos datos que den una idea de su actividad intelectual. Licenciado en filosofía y doctor en Letras, se dedico a la actividad del pensamiento y publicó obras como: El amor humano (1948), El pensamiento y la guerra (1969), El amor divino (1971) y, Dios y la ciencia (1985). ¿Podríamos llamarlo místico del pensamiento? Después de lectura de El trabajo Intelectual yo me atrevería a hacerlo. Goñi escribe un artículo en ocasión de la muerte de Guitton y se refiere a él diciendo:
Quizá para comprender a Guitton haya que recordar que para él una cosa es la verdad, otra la mentalidad de una época y otra la espiritualidad. Él siempre tuvo las tres en cuenta y por eso su pensamiento contiene esa pizca de ambigüedad que le hace tan atractivo (Goñi, 1999).
El tiempo actual con el avance tecnológico y los cambios socioculturales ha requerido de la atención especial de los hombres que se interesan por la labor intelectual. Guitton, en su tiempo, lo hizo, aprovechando su propia experiencia. El texto publicado por Ediciones Rialp, S.A. en el año 2005, consta de 155 páginas a un tamaño media carta y contiene ideas sencillas pero de gran valor. El libro está dividido en once capítulos, pero para explicar el desarrollo del mismo lo he fragmentado en tres secciones que titulo: descubrir [capítulos I y II], intentar [capítulos III y IV] y perfeccionar [capítulos del V al XI]. El hilo que se encarga de entretejer estas secciones es la idea que nuestra energía mental o capacidad de pensamiento es abundantísima y que sabiendo cómo atenderla y hacia dónde orientarla podemos crear, mejorar y perfeccionar nuestro propio trabajo intelectual.
Inicialmente se presenta el descubrir de lo que hay que hacer, de mis capacidades y de la oportunidad de “redescubrir” mi intelectualidad en la cotidianidad. Guitton dirá que “El valor de una inteligencia no consiste tanto en su ciencia […] como en la posesión de costumbres muy vivas que le permiten adaptar su saber y sus principios a la singularidad de los casos siempre nuevos” (2005: 36). Se trata entonces de apropiarse profundamente de los pensamientos, pero no como quien atrapa un pajarillo entre las manos, sino como quien es capaz de brindarle un dedo para sostenerse y lo observa y acaricia. En otras palabras se trata de tener la atención disponible como místico que busca.
Seguido al descubrir surge el intentar. Es indispensable que dado el primer paso nos dispongamos a trabajar. No se aprende a rajar leña sólo viendo, es necesario tomar el hacha y echar mano al tronco. Guitton motiva a no temer a las creaciones “monstruosas” que puedan surgir de nuestra mente. Es necesario deshacerse de la pereza e iniciar nuestra labor. “Una frase pésima vale más que un papel en blanco” (Guitton, 2005: 63). El error es parte del aprendizaje, por eso aún cuando no se está seguro de la obra, se debe poner en marcha. El tiempo y la profundización continua permitirán facilitar este paso. El aprendiz místico es entonces proactivo, tiene iniciativa. Su deseo intelectual le hace tomar el hacha con sus propias manos y empezar a mal rajar leña.
Avanzados los dos primeros pasos, hay que adentrarse en el perfeccionar. No se trata en esta parte de un alcance cuantitativo sino más bien cualitativo. Es llevar el trabajo intelectual a un nivel superior, pues una vez realizado y reposado el trabajo, necesita ser pulido y depurado hasta alcanzar su perfección. Además esta búsqueda no es un afán obsesivo sino un deseo de concretar de tal manera el método de trabajo, que se pueda decir con Guitton que “lo excelente […] cuesta menos trabajo que lo mediocre (2005: 64). Bajando esta idea al pensamiento popular diríamos que lo barato, sale caro. Por ello la mística intelectual es la dedicación de la vida misma al pensamiento, ya que permaneceremos en un constante avance. Aún cuando el método personal dé sus propios frutos, este método seguirá perfeccionándose.
De esta manera intento resumir los muchos consejos prácticos que Jean Guitton presenta como motivación para desarrollar el propio método intelectual. Su obra escrita hace 61 años sigue teniendo actualidad, pero se queda atrasada en cuanto al desarrollo tecnológico que el mundo actual ha vivido. Aunque el mismo Guitton asegure que se trata sólo de esperar que la rueda de la experiencia de media vuelta y demuestre que la pedagogía antigua es útil y necesaria (cf. 2005: 117). Por otro lado es de mucho provecho el que los capítulos del libro no lleven una secuencia rígida, sino que el lector pueda adentrarse en cualquiera de ellos sin haber leído los anteriores. Pero la lectura requerirá de bastante atención por dos razones: la primera es que siendo una traducción del francés, algunas ideas podrían no tener la profundidad que en el idioma original posee. Y la segunda se debe al hecho que el autor hace referencia a nombres de personas, lugares y situaciones que para él y los franceses son comunes.
Por todo lo anteriormente dicho, El trabajo intelectual de Jean Guitton es una obra que invita a la mística intelectual, a la íntima unión del pensamiento y el deseo. Incita a la permanencia siempre abierta de mejora y al disfrute de nuestra capacidad pensante. Si se empezó concentrando todo lo dicho por Guitton en dos palabras, me gustaría cerrar con el consejo que utilizado para concluir. Citando el Eclesiástico Guitton dice: “darse alegría en el trabajo, hacer gozar el alma en medio del trabajo” (2005: 155).


Referencias bibliográficas
Guitton, J. (2005). El trabajo intelectual. (3ª. Ed.). Madrid: Ediciones RIALP, S.A.
Goñi, C. (1999). Jean Guitton: un siglo, una vida: Muere uno de los grandes filósofos del siglo XX. Aceprensa. Recuperado el 28 de marzo del 2012, de http://www.aceprensa.com/articles/jean-guitton-un-siglo-una-vida/

Camino


¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? Estas son las incógnitas que acompañan a todo ser humano. Es él, el caminante, que atraviesa la vida disfrutando sus delicias y soportando sus golpes. Nos dice el poeta Antonio Machado: "Caminante, no hay camino, se hace camino al andar" (Machado, 1974: 146). Tiziano Vecellio, un famoso pintor veneciano, plasmó en una de sus primeras pinturas esta intuición del poeta. Por la utilización de colores brillantes sus pinturas provocaron un fuerte impacto en todo el arte europeo. Recorramos, junto la obra de Tiziano: la vida humana.
Si bien se hace camino al andar, toda marcha tiene un inicio, un punto de partida. La contemplación de un bebé recién nacido, o en sus primeros meses de existencia, es una imagen llena de ternura y que recuerda la propia fragilidad. Para el humano, la vida llega cargada de esperanzas y posibilidades. Los niños son una tierra sin trabajar, fértil y dispuesta a producir frutos. Son los "Ojos que a la luz se abrieron" (Machado, 1974: 142)

El despertar de los sentidos es la vivencia fundamental de tocar, saborear y observar. Es la experiencia del mundo que le rodea. Pero ésta, se vive desde la inocencia infantil. Por eso, un ángel acompaña la estampa de los niños, un símbolo de pureza e inocencia. ¿O podría acaso ser Cupido que desde el inicio de la vida, dispara la flecha del amor en el camino del humano? Sería entonces el recuerdo de que la necesidad de amor aparece desde el nacimiento.

La vida implica movimiento, avance. Saliendo de la infancia y pasando por la juventud, el humano alcanza la adultez. "Las abejas de las flores sacan miel, y melodía del amor, los ruiseñores" (Machado, 1974: 144-145). La adultez no deja de ser una experiencia de sentidos, emociones y pasiones. Cupido, que ha cumplido su misión, atrae a los amantes y coloca al amor en el centro de la vida. Es la etapa en que se cree poseer fuerzas infinitas y el tiempo para los amores eternos y las pasiones duraderas. Tres flautas que inspiran la alegría de la música recuerdan que es un tiempo para disfrutar, en el que no se piensa en el fin del camino. La tierra regala los frutos de su fertilidad. Por eso el hombre y la mujer descansan sobre un verde intenso.

Pero lo que se creyó infinito llega a su final. El camino termina, pero no por ser fin, es vacío. En la tercera etapa, la experiencia recogida a lo largo de tantos pasos avanzados, disfrutados y sufridos se vuelca hacia la reflexión. Hacia el recuerdo del hubiera y la melancolía del quisiera. El apasionamiento se convierte en añoranza y toda la vida en nostalgia. Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar (Machado, 1974: 146). Es una etapa cargada de reflexión pero sobre todo de soledad. Las calaveras recuerdan la cercanía de la muerte. Pero ¿es la muerte el final del camino?

Teniendo una vista completa de la obra se podría responder a esta interrogante. Les presento "Las tres edades del hombre" del pintor Tiziano Vecellio (1512-1514). Una pintura al óleo que muestra explícitamente tres etapas de la vida del hombre: la infancia, la adultez y la vejez. Una obra que utiliza colores brillantes y claros, regalando así una apariencia de suavidad. El pintor nos ha llevado por medio de la perspectiva en un recorrido que avanza hacia un horizonte.

Un azul profundo inspirador de eternidad, nos sugiere un avanzar continuo y a lo mejor sin final, o con su límite incalculable. Verificable únicamente con la vivencia personal. Retomando al poeta Machado decimos: Caminante, no hay camino, sino estelas en la mar (Machado, 1974: 146).

Referencias bibliográficas
Machado, A. (1974). Campos de Castilla. Madrid: Ediciones Cátedra, S.A.
Vecellio, T. (1512-1514). Las tres edades del hombre. (Óleo sobre lienzo; 90x151 cm). Edimburgo: Galerías nacionales de Escocia. Recuperado el 5 de marzo de 2012 en http://www.nationalgalleries.org/collection/artists-a-z/T/11008/artistName/Titian%20%28Tiziano%20Vecellio%29/recordId/8689

Paso a paso



El ser humano durante toda su vida permanece cuestionando su existencia: el por qué y para qué de las cosas y de sí mismo. Por caminos muy diversos ha intentado responder y aclarar sus interrogantes. De esto surge la pregunta que nos atañe: ¿existe un camino o una guía que permita revelar la respuesta? La novela Siddhartha de Hermann Hesse, presenta el proceso de desarrollo de un hombre hindú (Siddhartha) que busca responder al sentido de su vida. Por lo tanto, es mi interés presentar el camino filosófico como medio para despertar a la realidad, y su similitud con el camino de Siddhartha.
Inicialmente es de reconocer que el filosofar, en cuanto camino y búsqueda del conocimiento de la realidad, no tiene por meta llegar a la verdad. Lo que le da consistencia es el proceso, el trayecto recorrido, es decir: el mismo camino. En Sosa (2012), García Morente dirá "que la filosofía, más que ninguna otra disciplina, necesita ser vivida" (p. 17, 33-34). Con ello centra la atención en el proceso, llenando de valor cada paso y movimiento. Siddhartha intuye esta idea al sentirse vacío y reconocer que
los sabios brahmanes, le habían comunicado la mayor y más excelsa parte de su sabiduría, que ya habían trasvasado lo mejor de sí mismos a su alma, vaso expectante, y el vaso no estaba colmado, ni el espíritu satisfecho, ni el alma tranquila, ni el corazón sosegado (Hesse, 2008: 12).
Si bien la vida de Siddhartha se volcó en busca de un vaciarse y la filosofía lo que busca es el conocimiento de la realidad, tienen un punto de unión en el hecho que su meta se encuentra en todos y cada uno de los pasos del sendero de búsqueda.
Reconocido el valor del camino, interesa preguntarse el por qué de su importancia. ¿Qué sucede durante el recorrido? Es primordial observar que el filósofo al avanzar en su travesía, se va liberando de todas las ideas preconcebidas, de todos sus saberes y doctrinas adoptadas anteriormente. Siddhartha en su camino se va desprendiendo de todo lo que le impide alcanzar el todo. Dejando primero a su padre, luego a los samanas, después al buda, a Kamala y los placeres e inclusive sus únicos saberes (ayunar, esperar y pensar). Él dice:
la razón por la que seguiré mis peregrinaciones…; no [es] para buscar otra doctrina que sea mejor, pues sé que no existe, sino para irme alejando de todas las doctrinas y de todos los maestros, y alcanzar yo solo mi objetivo o perecer (Hesse, 2008: 53-54).
Este «vaciarse» es fruto de la dimensión crítica de la filosofía, de su profunda aspiración por desasirse de lo particular y alcanzar lo universal. En Sosa (2012), Ellacuría dirá que significa "salirse de los límites de cualquier punto de vista determinado para intentar abarcar la totalidad" (p. 37, 37-39). Con lo cual siempre se ve con ojos nuevos, con asombro y admiración lo que se descubre.
Hasta ahora se ha visto la importancia del camino y cómo éste ayuda a liberarse de las ideas particulares. Ahora bien, sin que la meta sea el encuentro con la realidad, lo que impulsa al filósofo es el deseo profundo por despertar a esa realidad. Lo que busca es poder contemplar la realidad, entrar en ella y dejarse poseer por ella. Esta es la sed profunda que le incita. Pero, ¿es posible despertar? En la historia de Siddhartha se presenta el despertar en varios momentos, pero en el primero se descubren con especial finura sus detalles. Siddhartha descubre que al abandonar a su padre, a Govinda y al Buda encuentra su despertar. "Siempre, incluso en los momentos de máxima concentración, había sido el hijo de su padre, un brahmán, miembro de una casta elevada, un intelectual. Y ahora era únicamente Siddhartha, el recién despierto, y nada más" (Hesse, 2008: 62-63). De esta manera quedan manifiestos los frutos del camino y las posibilidades del despertar. No como un punto final, sino como una cumbre en el camino. No es el fin, no la meta, pero sí el encuentro con el recorrido liberador.
En conclusión, avanzar en el camino filosófico es el medio por el cual el hombre puede liberarse de las ideas particulares y despojarse de todo lo que le impide alcanzar la realidad. Es el caminar, paso a paso, en donde se encuentra su objetivo. Quisiera finalizar con un pensamiento que Siddhartha tiene al descubrir lo maravilloso que ha sido su propio caminar. Es, a mi parecer, una frase que todo buscador debe recordar en su avanzar: "Es un camino absurdo, que avanza dibujando curvas, tal vez en círculos. Que avance como quiera. Yo lo seguiré" (Hesse, 2008: 136-137).

Referencias bibliográficas
Hesse, H. (2008). Siddhartha. (4ª. Ed.). Buenos Aires: Debolsillo.
Sosa, C. (2012). Compendio MTI 2012: Lecturas, guías y documentos básicos para la asignatura Métodos del Trabajo Intelectual. Managua: s/e.

Miopía



El deseo de asimilar y entender la realidad, ha llevado a muchos hombres por caminos tan diversos como ellos mismos. No siempre estas sendas recorridas (ideologías), han ayudado a comprender la realidad, es más, en algunas ocasiones obstaculizan su aprenhensión. Solamente el filosofar permite aprovechar estos caminos. Desde este punto quisiera concentrarme en las palabras de Ellacuría que señala cómo la filosofía “(…) representa una de las posibilidades más radicales de desideologización” (2001: 37, 34-35).
Para ejemplificar la tesis utilizaremos como objeto un par de lentes. El aporte que unas gafas con graduación brindan a una persona con deficiencia visual es enorme. Los anteojos le permiten ver más claramente su entorno y descubrir detalles que a simple vista no alcanzaba a distinguir. Esos mismos lentes al ser utilizados por otra persona, son causantes de una visibilidad borrosa, por tanto, para ella es mejor retirarlos para ver claramente el entorno. Este objeto, los lentes, nos iluminará el camino al adentrarnos en el tema.
Inicialmente conviene comprender qué es una ideología, es a saber, un "conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc." (Real Academia Española, 2001: Ideología). Entendiendo que la ideología es una sistematización de la realidad, se ve que su función es poder representar la verdad para saber cómo es ella. En otras palabras: busca plastificar la realidad para tener un acercamiento a ella y para intentar aclarar la visión que de ella se tiene. Podríamos metafóricamente decir que la ideología es el par de lentes con que se puede ver la realidad y que intentan aclarar la visión de la misma. No es ella la realidad, sino que sólo ayuda a mostrarla.
Una vez entendido qué es ideología, deducimos que es por medio de la filosofía que una ideología toma forma. Es un profundo deseo de aclarar la visión y de encontrar los lentes que le permitan tener el enfoque más cercano a la realidad, lo que hace que el filósofo, luego de profundizar en sí mismo y alcanzar encumbrarse, pueda conceptualizar su saber de la realidad. Esto surge desde el ser mismo del filosofar. Nos dice Ellacuría que "El filosofar implica una gran necesidad de estar en la realidad y una gran necesidad de saber última y totalmente cómo es esa realidad" (2001: 39, 27-29). Pero lo que alcanza, sigue siendo un conjunto de ideas organizadas que dan razón de la realidad, pero que no sustituyen a la misma. Como los anteojos que siendo traslúcidos, únicamente permite vislumbrar un objeto, desde un punto de enfoque parcializado y sin abarcarlo totalmente o inclusive afectando la visibilidad del mismo. Un ejemplo de lo dicho es presentado en El Nuevo Diario por la Agencia France-Presse, que en su artículo expone cómo el Vaticano presenta una exposición de documentos, antes pertenecientes a los archivos secretos de la Iglesia (cf. 2012: 9A). Este suceso religioso e histórico es signo de la búsqueda de la verdad.
Hasta ahora se ha visto lo que es ideología y su relación con la filosofía. Pero, ¿cómo es que ésta última posibilita la desideologización? Esto es viable de acuerdo a la dimensión crítica de la filosofía, que cuestiona y duda perennemente. Ellacuría (2001) lo indicará diciendo que:
La filosofía busca permanentemente salirse de los límites de cualquier punto de vista determinado para intentar abarcar la totalidad; más aún, en algún modo, procura salirse de cualquier totalidad determinada y aun de la totalidad de las totalidades, para poderlas enfocar como un todo (p. 37, 37-41).
La constante critica filosófica, es la que permite demostrar que la ideología no es poseedora de la verdad absoluta. Lleva a comprender que los lentes por mucho que me aclaren la visibilidad, no me muestran la totalidad del objeto de mi atención, sino sólo lo que el limitado plano del lente permite traslucir. De igual manera la dimensión crítica permite una purificación de la misma filosofía. Llevando la metáfora al nivel de conceptos, se entiende que la filosofía con su constante crítica, posibilita la desideologización, es decir: deshacerse de las absolutizaciones y de los intereses particulares y enfocarse en “la totalidad de totalidades”. Es ésta una de las genialidades de la filosofía, porque además de ser creadora se convierte en crítica de ella misma y regeneradora de sus propias ideas y esfuerzos por alcanzar la verdad.
En conclusión, es claro que el filósofo en su intento de comprender la realidad, la conceptualiza y da origen con ello a ideologías. Con el mejor de los esfuerzos puede presentar un plano de la realidad, pero no su totalidad. Es pues la filosofía quien desde su esencia crítica permite liberarnos de las absolutizaciones partidarias de intereses particulares, en otras palabras, de la miopía del pensamiento. Terminaré con una cita de Ellacuría que presenta, a mi parecer, más claramente esta idea. "Solo el que en lo limitado ve consciente y críticamente más que lo limitado puede desideologizar, esto es, impedir que la parte se convierta en todo, que lo relativo se le convierta en absoluto" (2001: 38, 3-5).
Referencias bibliográficas
Agencia France-Presse. (2012, 01 de marzo). El Vaticano al desnudo. El Nuevo Diario, p. 9A.
Ellacuría, I. (2001). Filosofía, ¿Para qué?. En C. Sosa (comp.). (2012). Compendio MTI 2012: Lecturas, guías y documentos básicos para la asignatura Métodos del Trabajo Intelectual. (pp.28-40). Managua: s/e.
Real Academia Española (2001). Diccionario de la lengua española. Vigésima segunda edición. Recuperado el 29 de febrero de 2012 de http://buscon.rae.es/draeI/

Amada Sofía (σοφία)



“Todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber” (Aristóteles, 1983: 11). Miles de años de historia han acompañado el estudio filosófico de cientos de hombres y mujeres. ¿Qué tienen en común todos estos filósofos? Con base a esta interrogante presento la tesis que sostendré: El amor a la sabiduría (σοφία) es la constante de los filósofos.
Para ejemplificar la tesis utilizaré un relato de Anthony de Mello. Un anciano peregrino recorría su camino hacia las montañas del Himalaya, donde deseaba estar. Viajaba bajo una gran tormenta pues era invierno. Al llegar, un posadero le preguntó: « ¿Cómo ha conseguido llegar hasta aquí con este tiempo de perros, buen hombre? » Y el anciano respondió alegremente: « Mi corazón llegó primero, y al resto de mí le ha sido fácil seguirle» (cf. 1992: 222).
Para empezar veremos que el amor según la Real Academia Española es un “Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser” (2001: Amor). Entonces primero preguntaremos ¿qué se ama? Si utilizamos el relato del anciano, cuyo corazón (amor) estaba consagrado a las montañas del Himalaya, podríamos responder que se ama aquello que se desea, que hace experimentar el impulso de atracción, lo novedoso. Según Aristóteles, es el saber aquéllo que el hombre desea. Pero ese saber del que habla, no es un saber cualquiera, es:
(…) ese saber especial que tenemos, que adquirimos después de haberlo buscado, y de haberlo buscado metódicamente, por medio de un método, es decir, siguiendo determinados caminos, aplicando determinadas funciones mentales a la averiguación (García Morente, 2000: 21, 8-12).
En otras palabras ese saber es entonces σοφία misma. El anhelo del hombre es encontrar ese saber concreto.
Por lo tanto, la segunda cuestión sería ¿cómo podemos amar la sabiduría, si no la conocemos? ¿Es indispensable conocerla para amarla? Para responder estas interrogantes debemos recordar que la sabiduría no puede ser poseída. No es algo que se pueda agarrar o tener, por el contrario, ella es quien puede llegar a poseernos. Es ella quien se da, según la apertura que se tiene para recibirla. Para el anciano de la narración, su fortaleza fue la disposición o “idea” de llegar a las montañas. En este sentido, si seguimos el método de la dialéctica platónica, se trataría de “(…) anticipar el saber que buscamos, pero inmediatamente negar y discutir esa tesis o esa afirmación que hemos hecho y depurarla en discusión” (García Morente, 2000: 21, 21-23). No es necesario conocer la sabiduría, pues ella misma será el fruto de nuestro amor. Σοφία se dejará amar, conforme nos dispongamos a su encuentro.
En tercer lugar, otro aspecto a analizar sería la transformación de la sabiduría a través del tiempo. Σοφία está viva, cambia. Desde ese cambio el amor debe acogerse como un seguimiento. Se le puede vivir desde un caminar con ella. Esto requiere de esfuerzo, de dedicación. El posadero que recibió al anciano en las montañas quedó verdaderamente admirado de la acción realizada por éste para llegar. El amor fue su impulso para adecuarse y soportar las inclemencias climáticas. No es posible alcanzar la sabiduría con sólo admirarla, respetarla o inclusive buscarla, ella como ser viviente cambia y por lo tanto es necesario amarla, para seguirla por sus insondables caminos. A este respecto en el periódico El Nuevo Diario (2012), Altamirano hace referencia al amor diciendo que es “Ensoñación que posibilita la realización de grandes hazañas y proezas jamás pensadas” (p. 11A).
Finalmente, el filósofo es aquel que se entrega completamente al amor de la sabiduría. Al amor de ese especial saber adquirido, que aunque no se le conoce totalmente, se le encuentra al disponerse a él. Un amor completo que vence adversidades. En resumen, un amor total a σοφία.


Referencias bibliográficas
Altamirano, B. (2012, 14 febrero). El día del amor y la amistad. El Nuevo Diario, p. 11A.
Aristóteles. (1983). Metafísica. (12ª. Ed.). México: Espasa-Calpe Mexicana, S.A.
De Mello, A. (1992). La oración de la rana 1. (8ª. Ed.). Santander: Sal Terrae.
García Morente, M. (2000). Lección I – El conjunto de la filosofía. En C. Sosa (comp.). (2012). Compendio MTI 2012: Lecturas, guías y documentos básicos para la asignatura Métodos del Trabajo Intelectual. (pp.17-27). Managua: s/e.
Real Academia Española (2001). Diccionario de la lengua española, Tomo 1. (22ª. Ed.). Madrid: Editorial Espasa Calpe, S.A.

Sorprender al deseo



En el convulsionado tiempo actual, está quedando fuera del interés de los humanos la acción de pensar, aquella que es su más importante diferencia de los animales. Se trata de un ejercicio que aunque le es inherente, requiere de ciertos requisitos. Entonces surge la pregunta: ¿qué es el acto de intelección? Para responder tomaré la idea que el acto de intelección es la combinación de un deseo como principal actor y unas condiciones internas básicas.
Iluminaré la tesis, utilizando una historia de mi invención: tenía Sebastián diez meses de edad y Ana, su madre, deseaba profundamente verlo dar sus primeros pasos. Todos los días lo motivaba y dedicaba horas enteras para no perder el momento de verlo andar. Hasta que de sorpresa lo vio soltarse del sofá y caminar sin ninguna ayuda. Esta historia ilustrará la importancia del deseo y las condiciones para el acto de intelección.
En primer lugar se trata de identificar la interrogante. Esto significa disponerse, colocarse en marcha. Es el paso inicial y desde el cual se buscará. Jean Guitton expresa maravillosamente esta idea diciendo: “Si hay verdaderamente un deseo, si el objeto del deseo es realmente la luz, el deseo de la luz producirá la luz” (2005:150). El deseo profundo de Ana fue querer ver a su hijo dar sus primeros pasos, esta fue la razón de su inquietud. Es el deseo del encuentro con aquello buscado lo que da la fuerza para alcanzarlo.   
En segundo lugar es necesario preparar el terreno. Así como Ana dedicó mucho tiempo a Sebastián, ayudándolo y motivándolo, los humanos que tienen la capacidad de pensar, necesitan crear ambiente, buscar condiciones propicias. Por condiciones entendemos el estar atento, disponible, a la expectativa, como sabiendo que de un momento a otro se encontrará lo que se busca. Al respecto Lonergan nos dice que: “el acto de intelección depende de una orientación habitual, de un estado de alerta constante, que plantea la pregunta mínima: ¿Por qué?” (2004: 15,18-20).
En tercer lugar se combinan las condiciones y el deseo, por lo que corresponde dejarse sorprender. Cuando Sebastián caminó, la admiración se apoderó de Ana. Fue un instante para gozar. Es el clímax en la vida intelectual. Inesperadamente, surge súbitamente el fruto del deseo y se llega a él como habiendo encajado todas las piezas de un rompecabezas. Utilizando palabras de Lonergan se puede decir que “Llegó como un relámpago, en una ocasión trivial, en un memento de placidez” (2004: 14, 28-29).
En conclusión, el acto de intelección es la sorpresa que descubre un deseo o inquietud. Sorpresa que no es fruto del azar, sino del propio esfuerzo que consiste en que las condiciones internas estén adecuadamente preparadas para producir la luz de la sorpresa.


Referencias bibliográficas
Guitton, J. (2005). El trabajo intelectual. (3ª. Ed.). Madrid: Ediciones RIALP, S.A.
Lonergan, B. (2004) Insight. Estudio sobre la comprensión humana. En C. Sosa (comp.). (2012). Compendio MTI 2012: Lecturas, guías y documentos básicos para la asignatura Métodos del Trabajo Intelectual. Managua: s/e.

Voluptuoso destino



“El fin supremo del hombre es la felicidad” (Aristóteles, 2005). El ser humano ha buscado constantemente dar respuesta al sentido de su vida, al porqué de su existencia. La historia registra que se han dado diferentes contestaciones y cada una de ellas ha brindado un aporte importante para entender la existencia. Quisiera en el presente ensayo dar una aportación a esta interrogante desde el pensamiento de Ortega y Gasset y con ello también intentar responder: ¿qué es filosofía? Por ello deseo presentar que la filosofía es vivir en voluptuosidad.
Para iniciar entraremos a conocer en qué sentido la filosofía es vivir, o como lo explica Ortega y Gasset un vivirse. A este respecto entendemos que se trata de un reconocimiento de lo que soy y del mundo. Es una unión entre mi vida y el mundo. Es imposible separar mi existencia de la del mundo. No importa si entiendo el mundo como aquello que pienso y por ello existe o que existe y por lo tanto lo pienso. Lo verdaderamente incisivo es el hecho que vivir es una unión entre mi ser sujeto y el mundo que me afecta, que por la interacción con él tiene repercusiones en mi. En otras palabras se trata de encontrarme a mí mismo dentro del total de mi entorno y todas sus implicaciones. Como lo diría ortega y Gasset:
Y vivirse es hallarse cada cual a sí mismo en un ámbito de temas, de asuntos que le afectan. Así, sin saber cómo, la vida se encuentra a sí misma a la vez que descubre el mundo (1983: 120, 12-14).
Una vez adentrados en el vivir nos resulta deducible el reconocimiento de la libertad del ser humano. Le es inherente la decisión de qué va a ser y por ello su ser consiste en lo que puede llegar a ser, en sus posibilidades, en su futuro. Un poema de Barral publicado en La Prensa, enuncia esta idea acerca del futuro: "En resumidas cuentas / solo nos va quedando el mañana; / yo levanto mi copa / por ese día que no llega nunca / pero que es lo único / de lo que realmente disponemos" (2012: 6). Descubrimos entonces que aquello llamado destino, es la utilización de la libertad del hombre para guiar su vida. Se trata por lo tanto de encauzar el río de la vida; de lo que se está seguro es que avanzará, y nuestra posibilidad es marcarle el camino. Lo que intento expresar es que el hombre tiene un destino, la felicidad, y que es la libertad quien le permite vivirse en ella.
Comprendiendo la libertad del hombre en el vivirse, es preciso adentrarse en el sentido de felicidad que envuelve su vida. La voluptuosidad, como lo llama Ortega y Gasset es según la Real Academia Española: "Complacencia en los deleites sensuales" (2001: voluptuosidad). Se trata de la vivencia voluntaria y libre de una «delicia», de el seguimiento de aquello que me plenifica y por lo tanto que me causa placer. Ortega y Gasset expresará: "Y todo ser es feliz cuando cumple su destino, es decir, cuando sigue la pendiente de su inclinación, de su esencial necesidad, cuando se realiza, cuando está siendo lo que en verdad es" (Ortega y Gasset, 1983: 68, 7-10). Dirigiendo esta idea al pensamiento inicial, se puede decir que la filosofía es un vivirse libre y conscientemente en busca de la felicidad.
Finalmente el camino recorrido en este ensayo nos ha dirigido a poder decir que filosofía es vivirse. Pero ese vivirse implica el reconocimiento de la libertad del ser humano y con ello de todas sus posibilidades. En ese punto alcanza especial importancia el destino de felicidad que es inherente al hombre y le permite vivir en voluptuosidad.
  
Referencias
Aristóteles. (2005). Moral a Nicómaco. Recuperado el 25 de abril del 2012, de http://www.filosofia.org/cla/ari/azc01006.htm
Ortega y Gasset, J. (1983). ¿Qué es filosofía? En C. Sosa. (comp.). (2012). Compendio MTI 2012: Lecturas, guías y documentos básicos para la asignatura Métodos del Trabajo Intelectual. (pp. 67-123). Managua: s/e.
Parra, N. (2012, 24 de abril). Regala poemas por discursos. La Prensa, p. 6.

El Ser en Tomás de Aquino


La cultura posmoderna es como el espectro de colores que un prisma muestra al dejar pasar un rayo de luz, es decir, es una amplia gama de diferentes tonalidades y colores. Como resultado de la globalización, el acelerado desarrollo tecnológico, y el inminente tiempo de cambio, el posmodernismo refleja una serie de realidades que merecen nuestra atención. ¿Desde qué punto de vista se puede analizar nuestra realidad? ¿Puede esta crisis aportar un cambio favorable para la humanidad? ¿Es posible explicar los fenómenos actuales? Para dar este paso, se hará uso del pensamiento de Tomás de Aquino, doctor de la iglesia católica y principal representante de la escolástica. Su gran aporte fue hacer una lectura de la obra de Aristóteles y relacionarla, desde sus conocimientos teológicos, con la revelación cristiana. El pensamiento sobre el Ser desarrollado por este personaje, tiene una gran profundidad y actualidad; por ello, y sin el afán de abarcarlo totalmente, quisiera desplegar esa concepción del Ser en tres partes esenciales: la definición del ser y sus fundamentos, la participación del Ser y la explicación de sus principios y, finalmente, las escalas de valor, sin dejar de lado las cuestiones iniciales sobre la cultura actual.
Para entender el Ser tendríamos que definirlo, para ello tomaremos lo que al respecto de Tomás de Aquino dice Ferrater-Mora:
la noción del ser es, por lo pronto, comunísima, de modo que tal noción de ser es la primera que cae bajo la aprehensión[1] (o el entendimiento)… el ser es un trascendental, porque está absorbido en todos los seres y al mismo tiempo por encima de todos ellos trascendiéndolos (1984: ser).
Con esta definición se entiende que lo primero que se conoce es el Ser, pues está incluido en todo cuanto conocemos o podemos llegar a conocer y es todo lo real. Pero el Ser no es creado de una manera subjetiva, es decir, no es una idea implantada por el espíritu, sino que es encontrado por nosotros, es transubjetivo. Entonces, nos es posible conocer el Ser por medio del encuentro con él. Entender el Ser desde esta concepción de “encontrar”, continúa siendo una visión real y actual, desde ella se puede entender la característica de la cultura actual por la cual se considera al ser humano un ser integral conformado por “la materia y la forma, unidas.” (Menocal, 2008: 60). En esto consiste el ser propio y real.
Para entender mejor, es necesario que se conozca cómo está conformada la explicación del Ser. El pensamiento tomista recibe de Aristóteles la teoría de las cuatro causas en las que se fundamenta el ser desde el principio de movimiento: la causa material, aquello de que está hecha una cosa, que aun siendo pasiva, es necesaria; la causa formal, lo que es una cosa por la concentración y limitación de materia en determinado ser, gracias a una sola forma que fija una cosa en su totalidad; la causa eficiente, el agente que la produce, es el motor o estímulo que desencadena el proceso; y la causa final, el para qué de una cosa, es una especie de destino que dirige el proceso, en otras palabras, la causa de la causalidad es el fin (Cf. Anónimo, 2006).
Otra forma de acercarnos al Ser, es por medio de la teoría de la participación en la que el tomismo también se basa, y en la cual se entiende y denominan las cosas desde algo anterior a ellas. Esto es tomado de la revelación en base al concepto de creación. De esta manera se da una afinidad creador-criatura ya que “El ser propio de las cosas, se encuentra según Tomás en la propia esencia de Dios” (Menocal, 2008: 60). Con esto se intenta explicar que Dios es el agente causal de quien proceden todas las cosas según su propia esencia, dando participación en él, porque de la emanación no se expresa plenamente la idea, sino que solamente se tiene parte en ella. Es importante resaltar que Dios es el tema central de este pensador y profundiza en torno a temas relacionados a la revelación.
Una vez conocido el Ser, es posible adentrarnos en las explicaciones que Tomás de Aquino, basado en Aristóteles, ofrece respecto a los principios del Ser. Para ello hace uso de conceptos como accidente, sustancia y esencia, aportando así, una respuesta a la interrogante del movimiento. Se parte de que la sustancia es la materia y la forma unidas, como se ha dicho arriba, es el ser por sí, además que es sujeto específico y particular. Pero no significa que esté libre de la causalidad, de la cual solo la sustancia divina está independiente. Por su parte, la esencia es todo aquello que es idéntico en muchos individuos, todo que les da una naturaleza compartida y que no puede existir sin la sustancia. De esta forma, los accidentes están de manera circunstancial, es decir, pueden o no estar; acá se incluyen por ejemplo: tamaño, cantidad, color, etcétera. Un ejemplo para expresar lo anteriormente dicho puede ser un hombre, cuya sustancia primera es su “Ser hombre”, su esencia es todo lo que lo une a todos los hombres, aun cuando ha sufrido un cambio, por ejemplo la pérdida de un dedo de la mano, eso no modifica su esencia. Lo accidental se observa en las características y posibilidades que tiene, como ser de raza negra o blanca, gordo o flaco, entre otros.
Toda esta concepción del Ser según Tomás de Aquino, que he intentado plasmar en estas páginas, admiten de fondo algunas categorías o grados del Ser conocidas como escalas de valor. En ellas se contempla el hecho que la creación de Dios fue hecha perfecta y dicha perfección incluye la multiplicidad de formas y lo que hace posible la concepción jerárquica de la realidad. Tomás de Aquino dice:
el artífice de una casa no hace todas sus piezas de igual valor, sino más o menos buenas según lo pide el orden del conjunto… Así Dios no lo ha creado todo igual; porque un universo que no se estructura sobre múltiples grados de ser, sería imperfecto (Menocal, 2008: 62).
Según el pensamiento tomista, para que la creación sea perfecta es necesaria la estructura dividida en diferentes grados o niveles; esta reflexión es de alguna manera incompatible con la idea de Dios. Por esta cuestión surgió una reacción crítica muy fuerte contra esta posición tomista, e inclusive, contra la misma idea de Dios. Se trata de la oposición iniciada con Kierkegaard, padre del existencialismo.
Antes de concluir quisiera transcribir una reflexión en torno a esta filosofía, tomando en cuenta que pertenece a una época específica, pero que de alguna manera continúa vigente en la actualidad. Por ello deseo retomar las preguntas iniciales de este ensayo y pensar en la posibilidad de obtener alguna luz desde Tomás de Aquino.
En el presente, por una parte, se vive un clima de individualidad (quizás egoísta), cada persona desea ser reconocido como un humano con derechos, conocimientos y valores que lo hacen especial y por los que exige respeto, tolerancia y aceptación. Todo esto en un contexto de frágil comunicación, a pesar de los múltiples medios de comunicación que “facilitan” el estar cerca de los otros. Estas “redes sociales”, muchas veces reflejan la falta de sentido, la crisis existencial o, en otras palabras, el desconcierto frente a la inmensidad del mundo globalizado y a sus rápidos cambios. La complejidad de la situación se presenta al encontrar a muchos hombres y mujeres sin un sentido para su vida, sintiéndose abandonados y sin conocerse en lo más mínimo.
Por otro lado, el ser humano de hoy, en la necesidad de sentirse parte de algo, ha hecho manifestaciones multitudinarias para participar en grupos como #Yosoy132 o #Todossomosgaza. En ello demuestra su deseo de ingresar a la realidad y asumirla. Al tomar una posición frente a la realidad, con un pensamiento racional y, de alguna manera reconociendo en ello una esencia común con los otros humanos se avanza en una postura des-individualista que favorecería la incidencia en la realidad. La concepción del Ser en su totalidad ayudaría al entendimiento del poder de la propia voluntad y libertad respecto del mundo. De acuerdo a esta idea del tomismo Huerta (2008) dice:
Y éste es el descubrimiento que anticipa la instancia moderna de que el acto no puede ser más que acto, y que la libertad –en cierto modo- no puede fundarse más que en sí misma, en cuanto que la voluntad misma es el principio que mueve la actividad de toda la persona, también de la inteligencia.
En conclusión, el profundo y organizado pensamiento del Ser desarrollado por Tomás de Aquino ha brindado a la humanidad un inmenso aporte de razonamiento y de entendimiento de la realidad. Su genialidad más grande es la forma en que aprovecha el aristotelismo y platonismo para reformular un pensamiento propio sobre el Ser y hacer la conciliación con la revelación cristiana. Además es una filosofía que aunque desarrollada hace cientos de años, posee una validez actual que puede orientar el rumbo de la historia.


Lista de referencia bibliográficas

Anónimo. (2006). Santo Tomás de Aquino. (3.2 Metafísica. Los elementos aristotélicos). Recuperado el 23 de noviembre de 2012 en http://www.ecured.cu/index.php/Santo_Tom%C3%A1s_de_Aquino.
Ferrater-Mora, J. (1984). Diccionario de filosofía. (5ª. Edición) Madrid: Alianza Editorial.
Menocal, J. (Comp.). (2008). Filosofía Medieval (Expediente de asignatura). Managua: s/e.
Huerta, V. (2008). Actualidad de Tomás de Aquino. Recuperado el 23 de noviembre de 2013 en http://textosserypersona.blogspot.com/2008/02/actualidad-de-toms-de-aquino.html








[1] Esta expresión utilizada por el autor citado se encuentra en (S. th. I-II, 94,2)

La consolación de la filosofía


Es facilísimo encontrar en las redes sociales comentarios que demuestran la falta de sentido, la crisis existencial o, en otras palabras, el desconcierto frente a la inmensidad del mundo globalizado y a sus rápidos cambios. ¿Qué solución se podría proponer a esta situación?, ¿será posible responder? Deseo presentar una opción propuesta en la época medieval a una situación similar. Es una forma para enfrentar la crisis por medio de mantener la dignidad del ser humano frente a la adversidad. Para ello presentaré la obra culmen de Boecio -un pensador que concilió la filosofía platónica y aristotélica- De consolatione philosophiae.
El ser humano en todos los tiempos de la historia ha permanecido en búsqueda del bien, por el cual lucha incansablemente durante su vida. “La preocupación de los mortales […] conseguir la felicidad” (Boecio, s/f: 54). Por lo que surge la pregunta: ¿cómo enfrentarnos a las vicisitudes de la vida cuando pareciera que todo conspira en contra, cuando la fortuna gira la ruleta del destino y nos hace pasar del bienestar al sufrimiento? Al final de su vida Boecio se enfrentó con la realidad del destierro y el encarcelamiento, condición que consideró injusta y denigrante. Pero no estuvo solo. La Filosofía, en forma de mujer, le consuela y le conduce por un camino que, aunque amargo al inicio, finalizará en gran dulzura; un camino hacia la felicidad verdadera. La desesperanza se había apoderado de Boecio, pero fue necesario ser guiado por la senda de las aparentes felicidades: empezando por la riqueza y todo lo concerniente a los bienes materiales, siguiendo por  las dignidades, el poder y finalmente la gloria, el honor y la fama. La travesía en busca de la felicidad abarca, según Boecio, el desprendimiento de todo lo material y todo lo perteneciente a este mundo. Con ello mantiene una posición claramente platónica de la realidad entre el mundo de la ideas y el mundo sensible. La Filosofía le reprende diciendo: “¿Por qué, pues, ¡oh mortales!, buscáis fuera la felicidad que está dentro de vosotros?” (Boecio, s/f: 39).
Todo lo anterior nos lleva a preguntar por la libertad del ser humano, tomando en cuenta que pareciera no tener implicaciones en lo que le sucede, sino, que sólo se ve afectado por los sucesos y su libertad consiste en la elección de una manera para asumir el devenir sin sufrimiento, entregando todo en manos de la fortuna. Julián Marías dirá: “Los hados, que guían al que quiere, al que no quiere lo arrastran; es inútil, pues, la resistencia” (1974: 89). Pero la Filosofía quiere mostrar que la libertad del hombre, es aún más grande que una simple aceptación del destino, le dirá a Boecio: “¿Quién impondrá jamás su ley a un espíritu libre? ¿Quién puede arrebatar su sosiego a una mente que, merced a una sólida instrucción, llegó a ser dueña de sí misma?” (Boecio, s/f: 45). Su argumento es contundente: la libertad implica el ser poseedor de uno mismo. Con ello conduce al filósofo a ir vaciándose de las falsas ideas de felicidad.
Aunque se ha visto cómo la humanidad, en su búsqueda de la felicidad, se enfrenta con la tentación del destino y puede gozar de la libertad para vivir fuera de sus fauces, aun no respondemos qué es la felicidad y en dónde se le encontrar. En el pensamiento de Boecio se profundiza el concepto de Dios y uno de los apelativos que utiliza para explicarlo es el de Sumo Bien con el cual hace referencia a que Dios “es el mismo bien” (Boecio, s/f: 72). Bajo la apariencia de un diálogo entre la Filosofía y Boecio, se presenta una serie de deducciones lógicas que buscan aclarar y conducir al entendimiento que la felicidad es el mismo Bien. Deduciendo finalmente que “la suma Felicidad es una misma cosa con la suma Divinidad” (Boecio, s/f: 74). Por consiguiente el verdadero bien, la máxima aspiración a la que busca llegar se encuentra en Dios. Sin embargo, el ser supremo al que Boecio se refiere no está lejos ni aislado, sino que se encuentra en todo, y sobre todo, en lo íntimo del hombre: “porque el deseo del verdadero bien va impreso por la naturaleza en el corazón humano” (Boecio, s/f: 55).
Otro concepto al que es necesario hacer referencia para profundizar, es el de unidad. Para Boecio, “todos los seres aspiran a la unidad” (Boecio, s/f: 79). Es decir que únicamente existe un cosmos –un todo armonioso y ordenado– que se repite constantemente, un mundo que es un todo orgánico. Con esta idea nos lleva a entender que “todo se complace en volver por nuevos rumbos al origen del que procedió; no hay orden establecido que sea duradero sino el que une el principio con el fin” (Boecio, s/f: 57). Por lo tanto, el deseo de felicidad -del Bien- resulta de la búsqueda de la unidad, del armonioso retorno hacia el principio que nos creó.
Con todo lo anterior, el hombre desea la felicidad, la tranquilidad del alma y la paz interior, por ello la elección de la filosofía es en gran medida para crear estabilidad en medio de una cultura cambiante. Pues, qué es la filosofía sino buscar la verdad, interiorizar en lo profundo del propio ser y adentrarse en lo recóndito de la vida. Es un modo de vida accesible a todos quienes la asuman. En este punto se cierra la trama iniciada en la búsqueda de resolver el deseo de felicidad. Boecio lo expresa diciendo:
Si buscando el hombre la verdad desde el fondo de su corazón, no quiere desviarse del camino, debe volver sobre sí mismo los ojos de su mente y replegar su propio espíritu con amplio movimiento, a fin de comprender que todo lo que penosamente busca en el exterior se halla encerrado en los tesoros de su alma. (s/f: 80).
En conclusión, el pensamiento de Boecio aporta una respuesta al siempre presente problemas de la crisis y de la búsqueda de la felicidad. De una forma clara y, sobre todo, basado en el pensamiento de los grandes filósofos antiguos, aporta con claridad y sencillez el propio reconocimiento del Sumo Bien. Me gustaría terminar este ensayo con una expresión de Boecio: “¡Qué feliz sería el género humano, si el amor que gobierna los cielos gobernara también los corazones!” (s/f: 52).



Lista de referencia bibliográficas

Boecio. (s/f). La Consolación de la Filosofía. Recuperado el 22 de octubre de 2012 de:http://permolestiaseruditio.files.wordpress.com/2009/08/boecio_la_consolacion_de_la_filosofia11.pdf.
Marías, J. (1974). Historia de la filosofía. (26ª. Edición) Madrid: Revista de Occidente.

Tiempo, cambio y vida. ¿Existe el tiempo?



Responder a la pregunta ¿existe el tiempo? Puede ser de entrada un intento frustrante por buscar algo que sobrepasa nuestra capacidad. Pero sí puedo responder por la existencia del tiempo PARA MÍ. Eso cambia grandemente la situación y es exactamente lo que intentaré compartir. Por lo tanto, este recorrido será por la concepción de tiempo que he aprendido y que me acompaña.
Empezaré diciendo que el tiempo es la duración de las cosas que se modifican, que tienen en ellas alguna trasformación o mudanza. Esto nos llevaría a recordar por ejemplo a Mercedes Sosa que canta diciendo «Cambia, todo cambia», o a Heráclito que hace cientos de años expresaba su pensamiento diciendo que: «todo fluye». Podríamos decir, que es el cambio quien origina el tiempo. Si todo permaneciera inmóvil, sin modificación, entonces no habría nada que medir, ni alteración, ni cambio.
Son los cambios quienes permiten que surja la historia. El tiempo es la medición del recorrido de la historia, es el intento de enmarcar o medir el camino, que algo o alguien, ha experimentado. Tal vez sea el deseo de controlar o sentir el “poder” de manejar y estar por encima del cambio. En este sentido la posible existencia del tiempo es una inquietante tortura, un tsunami imparable que arrasa con todo a su paso; se ha convertido en un verdadero sufrimiento para muchos hombres y mujeres y, desde mi punto de vista, se debe a lo corto de la vida humana.
Para explicar esto diré que como cristiano también he encontrado frases en la biblia que me hablan del tiempo, por ejemplo, el pasaje que dice «Todo tiene su momento y cada cosa su tiempo bajo el sol» (Ecl. 3, 1). Este versículo alcanza en mí un sentido que, con ayuda de la física, puedo entender ahora. Fue gracias a que en la clase de Cosmovisión se dijo: “En tiempos largos la atmósfera es más estable, pero en tiempos cortos es un caos complicadísimo”. Esto hace referencia a que es muy difícil intentar comprender lo que sucede durante un día en la inmensa capa de aire que rodea la tierra. Los fenómenos son muy complejos para entenderlos y organizarlos matemáticamente, porque los cambios que en el ambiente suceden son muchos y enredados. Pero si en lugar de evaluar un día, o inclusive un año, evaluamos 500,000 años, el estudio se va haciendo cada vez más sencillo. Pues los cambios en escalas más extensas de tiempo son cada vez menores, y la facilidad de entenderlos se amplía.
Por eso, bajo el sol todo tiene su tiempo dentro de este “diminuto planeta”, y bajo las condiciones de una vida corta es muy complicado entender la compleja humanidad. Más aún, cuando un humano observa el transcurso de un día de su vida, puede sentir miedo por la dificultad de entender cómo es posible ese paso del tiempo. Se desprende de lo anterior que nuestra percepción de la vida va por detrás de la realidad, es decir, que percibimos el presente ya como un recuerdo vivido.
Por otro lado, me atrae lo que el diccionario de la Real Academia Española dice en la octava acepción sobre el tiempo: “Oportunidad, ocasión o coyuntura de hacer algo” (2001: tiempo). Oportunidad[1] tiene una connotación hacia futuro, es todo aquello posible, lo que aún no ha sucedido y que tiene potencial de ocurrir. Entender el tiempo como oportunidad abre una puerta distinta, es apoderarse no del control sobre el tiempo, sino de la utilización del tiempo. El poeta, capaz de captar esta intuición dirá: “El tiempo soy yo mismo, mientras ando en el tiempo... ¿Seré yo tiempo? ¡Cómo todo!” (Martínez, 1999: 633). Muchos humanos, aquellos que no le temen al paso del tiempo, lo expresan en palabras populares., Como René Pérez de la agrupación calle 13, en su canción La vuelta al mundo, que dice «El tiempo no me mueve, yo me muevo con el tiempo». Es la forma de enfrentarse al cambio constante al que nos sometemos, y del cual no podemos librarnos, si lo hiciéramos, dejaríamos de ser. La vida es proceso, tiempo, acción, movimiento, es tiempo que camina.
Finalmente, no puedo responder a la existencia del tiempo, pero si puedo responder que en mí su existencia es una consecuencia del cambio, y este, de la vida. Prefiero entenderlo como la oportunidad, brindando un sentido que me permita movilidad, libertad y vida.


Lista de referencia bibliográficas

Martínez, A. (1999). Poesías Completas. 2 Vol. E. Del Rio: Pamplona.
Real Academia Española (2001). Diccionario de la lengua española, Tomo 2. (22ª. Ed.). Madrid: Editorial Espasa Calpe, S.A.


[1] Entiendo que el significado ofrecido por el diccionario hace referencia a la utilización de tiempo en frases como: “es tiempo de sembrar los granos”, o “a su tiempo”. Es decir como referencia de unificación de condiciones necesarias para la realización de algo.