jueves, 16 de mayo de 2013

Camino


¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? Estas son las incógnitas que acompañan a todo ser humano. Es él, el caminante, que atraviesa la vida disfrutando sus delicias y soportando sus golpes. Nos dice el poeta Antonio Machado: "Caminante, no hay camino, se hace camino al andar" (Machado, 1974: 146). Tiziano Vecellio, un famoso pintor veneciano, plasmó en una de sus primeras pinturas esta intuición del poeta. Por la utilización de colores brillantes sus pinturas provocaron un fuerte impacto en todo el arte europeo. Recorramos, junto la obra de Tiziano: la vida humana.
Si bien se hace camino al andar, toda marcha tiene un inicio, un punto de partida. La contemplación de un bebé recién nacido, o en sus primeros meses de existencia, es una imagen llena de ternura y que recuerda la propia fragilidad. Para el humano, la vida llega cargada de esperanzas y posibilidades. Los niños son una tierra sin trabajar, fértil y dispuesta a producir frutos. Son los "Ojos que a la luz se abrieron" (Machado, 1974: 142)

El despertar de los sentidos es la vivencia fundamental de tocar, saborear y observar. Es la experiencia del mundo que le rodea. Pero ésta, se vive desde la inocencia infantil. Por eso, un ángel acompaña la estampa de los niños, un símbolo de pureza e inocencia. ¿O podría acaso ser Cupido que desde el inicio de la vida, dispara la flecha del amor en el camino del humano? Sería entonces el recuerdo de que la necesidad de amor aparece desde el nacimiento.

La vida implica movimiento, avance. Saliendo de la infancia y pasando por la juventud, el humano alcanza la adultez. "Las abejas de las flores sacan miel, y melodía del amor, los ruiseñores" (Machado, 1974: 144-145). La adultez no deja de ser una experiencia de sentidos, emociones y pasiones. Cupido, que ha cumplido su misión, atrae a los amantes y coloca al amor en el centro de la vida. Es la etapa en que se cree poseer fuerzas infinitas y el tiempo para los amores eternos y las pasiones duraderas. Tres flautas que inspiran la alegría de la música recuerdan que es un tiempo para disfrutar, en el que no se piensa en el fin del camino. La tierra regala los frutos de su fertilidad. Por eso el hombre y la mujer descansan sobre un verde intenso.

Pero lo que se creyó infinito llega a su final. El camino termina, pero no por ser fin, es vacío. En la tercera etapa, la experiencia recogida a lo largo de tantos pasos avanzados, disfrutados y sufridos se vuelca hacia la reflexión. Hacia el recuerdo del hubiera y la melancolía del quisiera. El apasionamiento se convierte en añoranza y toda la vida en nostalgia. Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar (Machado, 1974: 146). Es una etapa cargada de reflexión pero sobre todo de soledad. Las calaveras recuerdan la cercanía de la muerte. Pero ¿es la muerte el final del camino?

Teniendo una vista completa de la obra se podría responder a esta interrogante. Les presento "Las tres edades del hombre" del pintor Tiziano Vecellio (1512-1514). Una pintura al óleo que muestra explícitamente tres etapas de la vida del hombre: la infancia, la adultez y la vejez. Una obra que utiliza colores brillantes y claros, regalando así una apariencia de suavidad. El pintor nos ha llevado por medio de la perspectiva en un recorrido que avanza hacia un horizonte.

Un azul profundo inspirador de eternidad, nos sugiere un avanzar continuo y a lo mejor sin final, o con su límite incalculable. Verificable únicamente con la vivencia personal. Retomando al poeta Machado decimos: Caminante, no hay camino, sino estelas en la mar (Machado, 1974: 146).

Referencias bibliográficas
Machado, A. (1974). Campos de Castilla. Madrid: Ediciones Cátedra, S.A.
Vecellio, T. (1512-1514). Las tres edades del hombre. (Óleo sobre lienzo; 90x151 cm). Edimburgo: Galerías nacionales de Escocia. Recuperado el 5 de marzo de 2012 en http://www.nationalgalleries.org/collection/artists-a-z/T/11008/artistName/Titian%20%28Tiziano%20Vecellio%29/recordId/8689

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