haber sabido y haber olvidado el latín
es una posesión, porque el olvido
es una de las formas de la memoria, su vago sótano,
la otra cara secreta de la moneda.
(Borges, 1974: 1016)
Se dice que los recién nacidos aún no han desarrollado completamente el
sentido de la vista, y por lo tanto, no logran distinguir con claridad su
entorno. Pero tienen otros sentidos que les ayudan y percibir el mundo. En mi
caso, tal vez no recuerde qué fue lo primero que vi al nacer, pero mi memoria
guarda un momento que quiero evocar, una remembranza que alcancé al conocer la
mística experiencia de Jorge Luis Borges, narrada en Sentirse en muerte. Con este suceso como base, deseo reflexionar sobre
la memoria y el olvido.
Aconteció durante una visita a mis abuelos en el oriente de Guatemala,
una región montañosa con exuberantes paisajes. Un día al levantarme, deseé observar
la belleza matutina del campo, me dirigí fuera de casa, y al llegar a la puerta,
el sol me deslumbró de tal manera, que tuve que cerrar mis ojos. Ese gesto,
cerrar los ojos, me trasportó a otro momento, a otro lugar, en el cual había
estado muchas veces, pero no lo recordaba nunca. Al sentir el calor del sol
mañanero, que no pica, sino que acaricia cálidamente la piel, fui sintiéndome
querido, cuidado y en casa. Recordé haber sentido al sol con los ojos cerrados muchas
veces, pero ¿por qué era diferente ese día? Se trataba de un recuerdo de mi
memoria, una vivencia maravillosa que mi vida resguardaba.
Maravillado, me senté en las gradas de la entrada y permanecí con los
ojos cerrados hasta que se acercaron mis papás y abuelos y preguntaron por el
motivo de mi inmovilidad. Les expliqué lo que sentía, y ellos rieron de las
pequeñeces que asombran a un muchacho crecido en la ciudad. Fue mi abuela quien
tendió el puente entre la memoria y mi presente cuando dijo: «Estás en el sol
como bebé recién nacido». Todos recordaron que, por nacer desnutrido y de color
amarillo, el doctor sugirió que recibiera un baño de sol matinal diariamente.
Supe que esa era la sensación de abrazo y acogida que experimentaba. Era ese
sol naciente que me había calentado y vitaminado cada mañana.
Este acontecimiento, vivido hace algunos años, servirá para reflexionar
sobre la memoria y el olvido, no como dos opuestos, sino como dos caras de una
misma moneda. Con esto quiero decir que nuestros días en este mundo –los días
recordados, los olvidados, todos ellos– son los días vividos, y esa vivencia se
acumula y se resguarda. Podemos “olvidar” a alguien, algún hecho o algo, es
decir, guardarlo en un espacio al que no tenemos acceso directo, sin que con
ello podamos eliminarlos de la memoria. Entonces, ¿qué pasa con quien pierde la
memoria? Considero que esta persona vive como quien pierde la llave del sótano
–al que hace referencia Borges– en donde guardamos los olvidos. Encontrando las
posibilidades que esa habitación de olvidos ofrece, creo que guardar memorias permite
disfrutar de la fascinación de una continua primera
vez.
Si pudiéramos mantener al alcance de un pensamiento toda nuestra vida,
seriamos como Dios, conocedores de todo. Nada nos asombraría, sino que
viviríamos un monótono ciclo de situaciones ya conocidas, porque la memoria de
cada uno guarda, de alguna manera, la memoria de sus padres, abuelos, y de
todos sus antepasados. Una muestra de ellos es como el ADN puede heredar
enfermedades. Pero el punto de interés es el hecho que todos somos parte de una
Memoria contenedora de todo, somos parte de la vida. No es la presencia física
del bisabuelo de mi bisabuelo lo que me une a él, sino la vida que me transmitió,
el depósito subterráneo de su experiencia. Ricardo Arjona dirá en su canción ¿Por qué es tan cruel el amor? Que la
ausencia física “no anula el recuerdo, ni compra el olvido”.
En conclusión, la vida de los seres humanos se
encuentra unida por una sola línea de memoria, que abarca toda nuestra
existencia (¿tal vez la eternidad?). El olvido es solamente un resguardo para
aquello que nuestra mente no es capaz de mantener al alcance inmediato; como el
recuerdo de las muchas visitas que el sol me hizo, sin ser consciente de ellas,
y que mi cuerpo guardaba en lo profundo de su memoria. Quisiera cerrar con la
narración que Eduardo Galeano hace, acerca de un sueño de Helena Villagra, su
tercera esposa, bajo el título: El baúl de los perdedores. En él veo
metaforizado el sótano de Borges y el cúmulo de memorias y olvidos:
Helena
Villagra soñó con un inmenso baúl. Ella lo abría con una llave muy vieja y del
baúl brotaban goles perdidos, penales errados, equipos derrotados y los goles
perdidos entraban al arco, la pelota desviada corregía su rumbo y los
perdedores festejaban su victoria. Y aquel partido al revés no iba a terminarse
nunca, mientras la pelota siguiera volando, y el sueño también (2012: 226).
Lista de referencia bibliográficas
Borges, J. (1974). Obras
completas 1923-1972. Buenos Aires: Emecé Editores, S.A.
Galeano, E (2012). Los hijos de los días.
Madrid: Siglo Veintiuno de España Editores, S.A.
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