“Todo sucede por primera vez, pero de un modo
eterno.
El que lee mis palabras está inventándolas”
(Borges, 1974: 308)
¿Cómo sería un mundo en el que todo está ya escrito?
No lo puedo expresar, sólo me es posible evocar tal mundo, pues soy hijo, junto
a todos los humanos, de la Palabra Creadora,
no creada o que creó. Es la Palabra de la creación continua, constante y
eterna. La Palabra constructora, generadora y potenciadora. Algo de ella
perdura en nosotros, visible e invisible, disponible y, pareciera que en
ocasiones, inasequible. Aunque no es imposible, como expresar un mundo
preparado y calculado milimétricamente, evocar la Palabra Creadora es una hazaña que requiere valentía. Significa
adentrarnos en algo propio, probablemente, un balcón con una vista panorámica
de todo cuanto existe, lleno de la inmensidad y la inmortalidad del universo.
Una experiencia empalagosa para los hombres que, envueltos en el eterno ciclo
de la vida, no se asombran ante el perenne nuevo.
Me es imprescindible aludir a la diferencia, tan
creída actualmente, entre cualquier palabra –ya sea escrita, hablada,
gestionada, simbolizada, o expresada de cualquier otra forma– y la Palabra Creadora. Las separamos,
desacreditando una y enalteciendo otra. Entran en juego acá, la concepción de
divinidad y el perpetuo maleficio que nos condena a la muerte; todo armonizado
para convertirnos a nosotros mismos, y a la palabra (¿no somos uno con la
palabra?), en polvo. “Polvo también es la palabra escrita por tu mano o el
verbo pronunciado por tu boca” (Borges, 1974: 318). Pero la Palabra que es inabarcable está presente
también en las palabras “comunes”, en los miles de objetos, rostros,
situaciones y acciones que contemplamos durante un instante de nuestra temporal
vida. Somos creadores con ella, construimos obras, somos artistas de la palabra.
En “Parábola del palacio” Jorge Luis Borges relata
una apasionante leyenda acerca de la fuerza de la palabra. En dicho relato,
presenta a un poeta que ganó la inmortalidad y la muerte, al ser llevado por el
rey a conocer todos los rincones y las exuberantes riquezas de su palacio. Al
finalizar el recorrido el artista pronunció un poema (de un verso o de una sola
palabra), “en el que estaba entero y minucioso el palacio enorme, con cada
ilustre porcelana y cada dibujo en cada porcelana y las penumbras y las luces
de los crepúsculos y cada instante desdichado o feliz de las gloriosas
dinastías de mortales, de dioses y de dragones que habitaron en él desde el
interminable pasado” (1974: 801). El emperador al sentir arrebatado su palacio,
decidió matar al poeta. Este relato, presentado como leyenda, alude a la idea
que pronunciar la palabra significa traer a la existencia, pues bastó que el
poeta pronunciara el verso o la palabra, para hacer presentes todas sus
observaciones durante la caminata con el rey.
Las culturas más antiguas entendían el poder de la
palabra –algo que actualmente nos puede parecer superstición– y se cuidaban de
ella, le tenían temor o miedo reverencial, dado que pronunciar el nombre de
alguien era hacerlo presente. Por ejemplo, la tradición semita permitía la
pronunciación del nombre de Dios, únicamente al sumo sacerdote, una vez al año
y en el área del templo llamada el santo de los santos o el lugar santísimo, en
el que habitaba Dios. La pérdida de esta forma de entender el poder de la
palabra nos ha significado desvalorar cualquier expresión o signo. Había creído
que las canciones con letras en idioma inglés, eran más expresivas que las que
tenían letra en castellano. Nunca puse interés especial en este asunto, hasta
que alguien expresó que la atracción por otra lengua se debía al esfuerzo puesto
en entenderla, por lo que se le presta atención al significado de cada sencilla
palabra. Así como mi propio idioma puede parecerme, por la cotidianidad,
inexpresivo, así mismo la palabra en cualquiera de sus formas puede convertirse
en un objeto o una “cosa” que ya no dice nada; ya no crea.
Sí permanece algo –aunque bastante oculto– en la
tradición religiosa. Para los creyentes católicos, en cada Eucaristía, por
medio de la repetición de las palabras pronunciadas por Jesús, al consagrar el
pan y el vino, se hace presente Él mismo, es decir, se convierten en su cuerpo
y su sangre. Todo creyente lo sabe, lo cree, lo defiende, pero –a lo mejor me
equivoque– muy pocos han descubierto o comprendido el significado de la palabra
como creadora. A este respecto el papa Benedicto XVI dice: “Ante todo no es
sólo un hablar humano, sino palabra de Aquel que es «la Palabra» y que, por
tanto, arrastra todas las palabras humanas dentro del diálogo interior de Dios,
en su razón, y en su amor”
Finalmente, es inquietante –para mí lo es– pensar en
el poder de la palabra. Incluso creo que no he sido capaz de entenderlo en su
totalidad. Tal vez sea necesario que ocurra una revelación, una manifestación
que desvele la grandiosidad de la Palabra,
como la narrada por Borges en “Una rosa amarilla”. En ella Giambattista Marino, el poeta de los juego de palabras,
recibe la revelación en su lecho de muerte, mientras observa una rosa y recita
inevitablemente los versos de su inspiración, pero que ya lo hastía un poco. “Marino
vio la rosa, como Adán pudo verla en el Paraíso, y sintió que ella estaba en su
eternidad y no en sus palabras y que podemos mencionar o aludir pero no
expresar y que los altos y soberbios volúmenes que formaban en un ángulo de la
sala una penumbra de oro no eran (como su vanidad soñó) un espejo del mundo,
sino una cosa más agregada al mundo” (Borges, 1974: 795). Quizá una revelación,
nos permita salir al balcón de la perpetua primera vez y asombrarnos al
pronunciar la palabra eterna.
Referencias
bibliográficas
Borges, J. (1974). Obras
completas 1923-1972. Buenos Aires: Emecé Editores, S.A.
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